Notas desde Blackpool

El Benidorm del norte de Inglaterra

Siempre me pregunté qué es lo que podía atraer a tantos turistas a un lugar remoto en las costas del norte de Inglaterra. En vez de elegir las playas más cálidas del sur o elegir otro país, Blackpool se convirtió sobre todo durante la época de entreguerras en un destino turístico esencial en este país. Aún ahora, después de los días pasados allí, me lo pregunto aunque quizás empiece a comprender.

Llegamos a la ciudad después de cruzar toda Inglaterra en coche, después de cruzar las ciudades industriales del norte, ese norte que para muchos londinenses comienza ya en Milton Keynes y que, a veces, adquiere cierta carga de desprecio, de piedad por aquellos desafortunados que no viven en el sur más cosmopolita. Puede que ese sentimiento se deba, en parte, en lo negativo que se encuentra en las grandes ciudades surgidas de la industrialización del centro-norte del país.

El viaje por carretera nos hace dejar atrás Manchester, Sheffield, Burton-on-Trent –la ciudad que tiene el honor de ser la creadora de Marmite-, y otras tantas. Somos ocho personas en un monovolumen, con música que se debe oír desde fuera y un olor a toda la comida que va pasando por nuestras manos en esas horas de viaje.

Al llegar, nos espera un hotel familiar con máquinas tragaperras en los bajos y habitaciones diminutas desde las que se oyen todo lo que hacen los vecinos. El agua de la ducha no funciona y la dueña sube a ver qué pasa acompañada de su hija de unos tres años. Estamos todos muertos y decidimos irnos a dormir. Mañana será otro día.

Mientras intento dormirme, busco la clave de esta ciudad a la que sólo he visto en la oscuridad. Es viernes y los cafés y atracciones en la primera línea de playa están cerrados, da igual de que sean vacaciones, están cerrados y no deben de ser más de las dos.

 

Querría tener más tiempo para mí, para recorrer la ciudad y sacar mis propias conclusiones pero el día siguiente está organizado al completo. De nuevo, todos en el monovolumen, nos dirigimos a Preston para unas horas de paintball. Al final resulta un día divertido, tiene algo de infantil el tirarse al suelo sin pensar a pesar de que haya llovido el día anterior. Estamos en un lugar que bien podría ser una granja, las instalaciones están en el medio de caminos embarrados a las afueras de la ciudad. Mientras nos quitamos lo monos embarrados, los dos hombres que se encargan del negocio, nos preguntan de dónde somos. Les digo que venimos de Londres pero que yo, como pueden oír soy española.

 

–          Y ¿qué se te ha perdido aquí?- me preguntan casi a coro.

Yo señalo a A. con el dedo.

 –          Yo viví muchos años en el sur de España- y me explica cómo llevaba allí el mismo negocio.

 –          Y ¿qué es lo que hace aquí? – le digo, devolviéndole la misma pregunta que antes me había hecho.

 –          ¡La vida!

 –          Entonces, ¿habla un poco de español?

 –          Nada, absolutamente nada – contesta. Sólo Buenos días, hola, … La mayoría de la gente que venia sabían inglés, eran chicos y chicas de tu edad (pienso en que nos hace más jóvenes de lo que somos) y no me hizo falta.

 

Su acento es difícil de entender y me pierdo entre muchas de las frases que dice. Al final, nos despedimos, nos dejan una botella llena de agua para limpiarnos los zapatos lo mejor que podemos y volvemos al coche sucios y cansados.

 

Historia de Blackpool

Así que, por fin, después de ducharnos salimos a la ciudad. Recorremos el paseo paralelo a la costa y pienso en que los primeros balnearios que se construyeron aquí tuvieron cierto sentido, la llegada del ferrocarril en 1846 acercaba a esta ciudad costera a las tierras del interior. La fama de la ciudad fue creciendo, la fama de su playa inmensa, de sus tres muelles victorianos y, bastante más tarde, la de su parque de atracciones. Henry Banks es considerado como “el padre de la ciudad” porque a principios del siglo XIX comenzó la construcción de algunas casas de vacaciones. La torre, que marca la apariencia de la ciudad, fue construida a imagen y semejanza de la torre Eiffel en 1894, su interior alberga un salón de baile eduardiano en donde los últimos meses se está haciendo la versión inglesa del programa Mira quien baila. En los años setenta, Blackpool estaba en su total apogeo, el encendido de sus luces kitsch se convirtió en todo un ritual. Ahora, todavía podemos encontrar su inmensa playa pero las playas de los países mediterráneos son más cálidas y están al alcance de mucha más gente. Sus luces han perdido brillo, de la misma manera que también lo han perdido las tiendas, las discotecas, las restaurantes que esperan al turista en el paseo marítimo. Lo único que parece mantener su fuerza del pasado es la torre.

El presente de esta ciudad ya no son las vacaciones en familia sino sus grupos de chicas de despedida de soltera (policías, obreras de la construcción, personajes salidos de Grease,…), el olor a alcohol y el de los restaurantes de comida rápida que se mezclan con el olor a sal del mar.



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