Derviches

Notas sobre los derviches giróvagos

Ven, ven, quienquiera que seas;

Seas infiel, idólatra o pagano, ven

Este no es un lugar de desesperación

Incluso si has roto tus votos cientos de veces, aún ven.

 Rumi

Estambul, Turquía

Son las siete de la tarde y aún entra un poco de luz por uno de los rosetones de esa gran sala a la que una vez llegaba el Orient Express. En la estación de Sirkeci, en Estambul, cada miércoles por la tarde, se representa para turistas una ceremonia de los derviches giróvagos y pensando que, quizás es la única posibilidad que tengamos para verla, nos acercamos una tarde.

Cuando llegamos no hay apenas nadie, un señor que cobra la entrada justo al lado de las vías del tren y pequeños grupos de gente que esperan ya sentados. La luz va desapareciendo pero, aun en el momento de comenzar, al lugar le falta ese misticismo que uno espera en cualquier ceremonia religiosa, quizás la atmósfera no sea la mas adecuada, una habitación desprovista de cualquier relación religiosa y sillas de plástico que la gente arrastra sin ningún intento de esconder el ruido para poder colocarse en primera fila.

La ceremonia de los derviches giróvagos

Con un poco de retraso, salen varios músicos que se sientan al final de la sala. Pero lo primero que se oye no es, en realidad, el sonido de sus instrumentos sino el de la voz de uno de los hombres que comienza a llenar la sala con un cántico dedicado a Dios.

Entonces, todos los ruidos cesan y escuchamos en silencio esa voz que no entendemos pero que está llena de promesas. Al apagarse después de un tiempo que no sé medir, le siguen el sonido suave de un tambor y el de una aguda flauta.

La ceremonia de los derviches giróvagos o sema sigue siempre la misma estructura en siete partes y, esos instrumentos que han ido sonando, simbolizan la creación del mundo y el primer suspiro divino que la hizo posible.

Sin que los músicos dejen de tocar, cuatro derviches llenan el centro de la sala y caminan en círculo mientras, uno a uno y con suavidad, comienzan a alzar su mano derecha hacia el cielo y van apuntando con la izquierda la tierra, pareciendo olvidar que se encuentran allí mientras comienzan a virar. Forman una especie de constelación, giran en torno a la habitación y también alrededor de sí mismos, y puedo sentir el aire que van produciendo a su paso.

Es difícil saber cuánto tiempo transcurren así, sólo sé que entre las vueltas que van dando sobre los azulejos del suelo, se paran tres veces y que, cada una de esas cuatro rondas, significa algo distinto: el nacimiento a la verdad del conocimiento, el arrobamiento del hombre que es capaz de contemplar la obra de la creación, su muestra de amor a Dios y la consecución del éxtasis o fenafillah y, finalmente, el regreso a la tierra y a la realidad tras su viaje espiritual.

Fascinación por los derviches y el sufismo

Los derviches siempre me han fascinado, me fascinan los místicos y su intento por llegar a Dios a través de la elevación de la conciencia y el olvido de lo material en el mundo. El hecho de que éstos busquen dicho éxtasis girando sin parar todavía los hace más sugestivos.

La orden de los derviches nació en la ciudad de Konya, alrededor del místico y poeta Rumi, como una hermandad o tariqa más de la corriente mística del Islam, el sufismo.

Así que, por todo eso, esperaba un poco más de emoción durante la ceremonia aunque sepa que, hoy por hoy, las representaciones del sema son todas completamente dedicadas al turismo, que Ataturk, en sus intentos por crear una república turca laica, las prohibió a principios del siglo XX.

Mientras dejamos atrás la estación y nos volvemos a asomar al Bósforo ya de noche, no puedo dejar de pensar en que quizás debería haber esperado a verlos en otra ocasión, quizás en el festival religioso que se celebra en diciembre en Konya, allí donde se encuentra el Mausoleo dedicado a Rumi, el Mevlana, el Maestro.

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  1. YO ADORO VIAJAR

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