Notas sobre las sonrisas de Angkor (Veo Veo)

Sonrisas de piedra

Cuando la tristeza me agobia, cuando me pregunto sobre la dirección de mi vida, que es algo sobre lo que me pregunto constantemente y que probablemente no me abandone hasta que sea ya demasiado vieja para poder hacer algo diferente con ella, pienso en las sonrisas de Angkor.

Los gestos serenos de unos ojos y cejas oblicuos, de una sonrisa que sale de unos labios de piedra, de una cara formada por diferentes bloques que le dan un cierto aire cubista, tienen el poder de serenarme. No importa que estén a miles de kilómetros de mí, que se encuentren escondidas en medio de una selva camboyana, desde hace ocho años me acompañan, me sonríen para recordarme que yo un día llegué hasta ellas.

Descubrirlas fue, para mí, casi como si yo fuese la primera persona en la tierra que se topó con los templos entre la vegetación, que llegó a encontrarse cara a cara con las cuatro puertas orientadas hacia los cuatro puntos cardinales y que, luego, se sintió observada en el Bayon, el lugar al que llevan las calzadas desde esas cuatro puertas, por las más de doscientas sonrisas de las esculturas que coronan sus torres.


Bayon


Sonrisas eternas

Esas sonrisas me confortan porque llevan ahí desde el siglo XII o XIII, cuando el rey jemer Jayavarman VII hizo levantar la capital de su reino, Angkor Thom, en un lugar que en la actualidad parece demasiado remoto y desde el cual controlaba lo que hoy es Camboya y parte de Tailandia. Tras la muerte del rey, el complejo de templos se fue ampliando y se fue adaptando a las distintas religiones que se fueron extendiendo por la región, primero el hinduismo, que influyó en la construcción de Angkor Wat, después el budismo en su versión theravada, que se ha mantenido hasta ahora en pequeños altares donde se encuentran amuletos y varitas de incienso.


Altar Angkor


Los rostros de los bodhisattvas, aquellos seres que para el budismo han logrado la iluminación y que, muchas veces, representan la evolución del mismo Buda, son imágenes de la compasión, el amor, la piedad o el perdón. Sus sonrisas son sutiles, son sonrisas dedicadas a uno mismo y no a los demás, aquellas que nacen de la satisfacción con uno mismo, las de las personas que están en paz consigo mismos y con el mundo que les rodea.

Esas sonrisas son eternas porque, para ellas, no existe la diferencia entre el pasado, el presente y el futuro, son imperecederas igual que las piedras.

 

Sonrisas reales

Los templos de Angkor llevan sonriendo durante siglos, de la misma manera que parecen haber estado sonriendo también siempre los monjes que aparecen y desaparecen entre las ruinas, que forman pequeños grupos y nos hablan para practicar inglés, o los niños que nos miran sentados en el suelo o recostados en los dinteles de los templos.


Ninos Camboya


Parece que no hubiesen existido los años de Pol Pot y los jemeres rojos, los trabajos forzados y los asesinatos en masa, que no se encuentren todavía minas antipersona en según qué zonas y que las consecuencias de éstas todavía se vean en hombres y mujeres que se cruzan en nuestro camino.

Quizás la clave esté en las sonrisas estáticas de las piedras, de las que hay quien dice que representan al mismo rey Jayavarman VII, en la introspección de ese rostro y la búsqueda del amor, el perdón y la compasión, las claves del budismo. No lo sé.

Sólo sé que esas sonrisas me tranquilizan, me dan una tregua conmigo misma.

 

 
Nota: Esta entrada ha salido gracias a la iniciativa de un grupo de gente que está jugando al juego del Veo Veo, una manera de volver a la infancia y aprender a mirar las cosas de nuevo. ¿Qué es Veo Veo? Es, ante todo, un juego, una excusa para conocer lugares de la mano de otros viajeros, contarnos historias, viajar aunque no tengamos la oportunidad de hacerlo, encontrarnos. Se realiza una vez al mes y las temáticas se eligen en el grupo Veo veo en Facebook, y por medio del hashtag #VeoVeo en Twitter y otras redes sociales.¿Quieres jugar? ¡Veo veo! ¿Qué ves?

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