Notas sobre las esculturas de Vigeland

Oslo, Noruega

Durante veinte años, Gustav Vigeland se dedicó a exhibir las esculturas que iba creando en el parque Frogner de Oslo que es, además, el más grande de la ciudad.

Fue, en realidad, un acuerdo con el ayuntamiento lo que le llevó a hacerlo porque, después de que le expropiasen su casa para construir en ella lo que sería una biblioteca, negoció de manera que le cedieron otro lugar en el que vivir y trabajar durante el resto de su vida a cambio de dejar la propiedad de sus esculturas a la ciudad.

Esa nueva casa estaba y está justo al lado del parque, muy cerca de la puerta Nobels y ahora alberga el Museo Vigeland, algo que también se acordó entre el ayuntamiento y el escultor mucho antes de que éste muriese.

Así que las esculturas, se fueron trasladando al parque prácticamente al mismo tiempo que se iban terminando en la casa-estudio. Lo fueron desde 1924 hasta 1943, el año en que Vigeland murió.

Sus figuras de niños jugando o llorando, sus mujeres y hombre de formas robustas moldeados en bronce y granito, se fueron colocando junto a las fuentes, los puentes o la zona enorme que en los días buenos de verano se llena de gente haciendo picnic o en los meses de frio se usa para pasear. Y allí se quedaron.


Parque Vigeland


Un museo al aire libre

El parque Vigeland es ahora un museo al aire libre, un museo con más de doscientas esculturas en total y completamente gratuito, el mayor parque escultórico del mundo en el que las obras provienen de las manos del mismo autor. Es también el lugar más visitado de la ciudad, no importa que esté al aire libre y que llueva, nieve o las temperaturas se encuentren  muchas veces por debajo de cero, siempre parece haber gente.


Parque Vigeland


Las figuras que lo conforman son anónimas, desnudas en una desnudez que viene a representar a todo el género humano y, de verdad que allí lo encontramos en todas sus grandezas y miserias, durante la infancia, la madurez o la vejez, en todas las distintas etapas que conforman nuestra existencia, siempre en cuerpos y actitudes nada idealizados.

Es difícil recordar las primeras estatuas con las que me encontré porque tuve la impresión de que no existía en ellas ningún tipo de orden ni concierto y aún la tengo de alguna manera en mi memoria, aunque sí que lo haya y sí que existiese una intención en el trabajo constante de Vigeland durante esos veinte años.

En el parque hay figuras de niños llorando, saltando o jugando; mujeres abrazadas, representadas jóvenes, como madres o en los últimos años de su vida; hombres atrapados en círculos que parecen estar luchando para liberarse de ellos o sosteniendo pesadas losas sobre sus cabezas; chicas tirándose de los cabellos ante sucesos de los que no tenemos constancia y, en general, todo un mundo de personas que quieren mostrar la naturaleza cíclica y repetitiva de la existencia humana, con las mismas sensaciones y emociones que sentimos todos. Amor, frustración, ira, miedo, tristeza,…


Parque Vigeland

Parque Vigeland


Unas esculturas sin vida

Le voy a echar la culpa al frio y al cielo gris que hacía parecer el granito de las esculturas aún más oscuro pero, a medida que caminaba, era cada vez más difícil fijarme en los grupos de figuras más amables, lúdicas y agradables de la experiencia humana. Lo único que parecía destacar entre todas ellas era siempre el sufrimiento: las lágrimas de los niños, la tristeza de la vejez, las dificultades de la maternidad, la incomprensión de dos figuras que se dan la espalda, la sensación de los seres humanos de sentirse atrapados en algo que ellos mismos no pueden controlar.

Esa sensación se hizo todavía más grande al ver ante mí la que es la escultura más grande del complejo: el Monolito. Una gran piedra fálica de diecisiete metros de altura en la que se amontonan más de cien figuras humanas que parecen luchar por la supervivencia y que, a mí, sólo me traía a la cabeza las imágenes de los muertos en los campos de concentración vistas en fotografías en blanco y negro. El cielo casi blanco de tan gris y las figuras de los cuerpos en la piedra como si fuese una enorme tumba.


Parque Vigeland


Gustav Vigeland pretendió  representar el camino de la vida humana y quizás lo hizo de una forma equilibrada, mostrando lo bueno y lo malo de ella, pero yo no supe más que ver en todas esas personas sin vida en un parquet frio de Oslo el camino inevitable del hombre hacia la muerte.

 

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