Notas sobre la primavera de los narcisos

Los narcisos, esas flores amarillas que aquí se llaman daffodils, aparecen en Londres y en general en muchos otros lugares del Reino Unido casi como un suspiro de alivio.

Si el invierno no se alarga demasiado aparecen de golpe en grupos de decenas de ellos que van manchando de amarillo los parques o cualquier trozo verde que haya disponible. Si los coleteos del invierno parecen no querer desaparecer, entonces surgen más desperdigados y en menor cantidad como si se resistiesen todo lo posible a no hacer acto de presencia.

Los narcisos son sin duda el símbolo de que la primavera ha llegado. Necesitan las bajas temperaturas para florecer pero, al mismo tiempo, avisan de que estás están ya están desapareciendo, y en pocos días parecen cubrirlo todo aunque,  como cualquiera de las otras flores que nacen a partir de bulbos, nunca duren demasiado.

Este año, con lo que se ha alargado el frio, parece que no hayan habido tantos o puede que yo no haya pasado lo suficientemente cerca de zonas verdes para poder verlos aunque, en los días que pasé en el País de Gales, sí que parecían estar por todas partes, en el suelo y en cada jarrón en la ventanas frente a las que pasábamos.


Vista de los narcisos


Uno de los poemas más famosos en el país, según una encuesta hecha por la BBC, está justamente dedicado a ellos. Es de William Wordsworth, el poeta romántico inglés por excelencia, y escrito después de un paseo con su hermana por el Distrito de los Lagos, donde vivía en un intento de mantener el contacto con la naturaleza y evitar los avances de la industrialización que estaban transformando el país.

Erraba solitario como una nube

que flota en las alturas sobre valles y colinas,

cuando de pronto vi una multitud,

una hueste de narcisos dorados;

junto al lago, bajo los árboles,

estremeciéndose y bailando en la brisa.

 

Continuos como las estrellas que brillan

y parpadean en la Vía Láctea,

se extendían en una fila sin fin

a lo largo de la ensenada;

diez mil narcisos contemplé en un vistazo,

sacudiendo sus cabezas en animada danza.

 

También las olas danzaban a su lado,

pero ellos eran más felices que las mareas jubilosas:

Un poeta no podía más que ser feliz

en tan jovial compañía;

yo miraba y miraba, pero no sabía aún

cuánta riqueza me había traído la visión.

 

Pues a menudo, cuando reposo en mi lecho,

con humor ocioso o pensativo,

vuelven con brillo súbito sobre ese ojo

interior que es la dicha de los solitarios;

y mi alma se llena entonces de deleite,

y danza con los narcisos.

 

Después del florecimiento de los narcisos, van surgiendo las demás flores formando tapices de diferentes colores y formas pero ellos, con sus flores amarillas y solitarias, parecen ser siempre los primeros.

 

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