Notas sobre el olor de una ciudad

Puedo recordar sin tener que poner demasiado esfuerzo el aroma a tallarines, a arroz, a verduras fritas de los puestos de comida de Bangkok, exagerado aún más por el calor y las temperaturas de la estación seca. El aroma especiado de la comida en un avión en dirección a El Cairo y la manera como ese aroma no se despegó de mí en los doce días de viaje por el país, desde el norte al sur y vuelta, de nuevo, al norte, a pesar de que hayan pasado casi diecisiete años.

Cierro los ojos y no necesito nada para sentir el olor de casa de mis padres, de las calles de mi pueblo en una tarde desierta de verano, del olor a arena recalentada por el sol y mojada a veces por agua salada, del olor de la flor de azahar. Y puedo aún oler, imaginándome en las calles de Estambul, a azúcar, miel, pistacho y nueces, a orégano, menta, canela o sumac, en venta en sus mercados centenarios.

¿A qué huele Londres?

Pero, ¿a qué huele Londres?  Así, sin pensar, tengo que reconocer que no lo sé. No soy capaz de diferenciar apenas los olores de la ciudad en la que vivo. Es como si la rutina me hubiese tapado la nariz, casi más de lo que lo ha hecho la alergia que parece pegarse a mí siempre en los inicios del verano en esta ciudad, que embota cualquier resquicio de mi sentido del olfato.

Tengo que hacer un esfuerzo, pensar más que sentir, buscar lugares para relacionarlos con aromas e intentar que ellos me lleven a otros sitios con más olores y así continuar hasta el infinito. Escribo tal y como éstos me llegan y, de buenas a primeras, no puedo esconder que entonces Londres me huele a humedad, la humedad que se filtra por casas de muros sin protección, que va dejando su rastro en esquinas y techos que un día eran blancos, la humedad de la ropa que no se termina nunca de secar.


DLR


Y la humedad me lleva a oler después a metal y a acero, al olor de la contaminación, al gas de tubos de escape de autobuses, taxis y coches. Al olor del transporte público, de los raíles del metro y la fricción de los trenes sobre ellos, al olor a goma quemada en sus túneles ante el cual nadie se inmuta, ante el cual todo el mundo continúa con su viaje diario con indiferencia.

Londres, en este juego en el que estoy uniendo puntos y olores almacenados inconscientemente en mi memoria, me huele a pollo, a patatas y a pescado frito, ese olor de aceite recalentado que parece filtrarse por todas partes y que puede llegar a impregnar todo lo que toca. También lo hace a curry pero éste llega a ráfagas más esporádicas, a ráfagas que dependen de gentes y lugares.

En los días en los que los autobuses llevan las ventanas abiertas, sentada en el segundo piso que probablemente huela a humanidad y restos de basura, siento el olor dulzón de los narguiles en Edgware Road, confundir un momento la ciudad en la que estás con otra. El aroma del tabaco de frutas, de miel, te llega a la nariz mucho antes de ver las formas sensuales y coloridas de las pipas.

También a veces Londres huele a café, quizás con unas gotas de caramelo, a galletas de mantequilla y a las cebollas friéndose en un puesto callejero, que quizás se desmonte ante la probable llegada de la policía que también ha seguido, como yo, el rastro del olor. Y huele al olor de la gente por las mañanas; a colonias, perfumes, champús, a los jabones de Lush, y al de sudor a causa de la ausencia de aire acondicionado y una atmósfera cargada de humedad.

Huele, a ratos, a comida china, al pato lacado de Pekín, a sopa y otra vez a frito, pero también a grosellas, a arándanos, a frambuesas y, en estas fechas, a fresas con nata.


Sopa china

Beer list


A la madera añeja de cualquier pub, a la suciedad de sus moquetas, a cerveza, al cuero de chaquetas y zapatos en mercados y tiendas de segunda mano. Huele a sus parques y a los jardines traseros de sus casas, a las hojas de los árboles en el suelo durante el otoño, a barbacoas en los pocos días buenos del verano.


Jardines


Pero quizás, y sobre todo, Londres huela a río.


Tamesis

¿A qué huele, según tú, Londres?

 

 
Nota: Esta entrada ha salido gracias a la iniciativa de un grupo de gente que está jugando al juego del Veo Veo, una manera de volver a la infancia y aprender a mirar las cosas de nuevo. ¿Qué es Veo Veo? Es, ante todo, un juego, una excusa para conocer lugares de la mano de otros viajeros, contarnos historias, viajar aunque no tengamos la oportunidad de hacerlo, encontrarnos. Se realiza una vez al mes y las temáticas se eligen en el grupo Veo veo en Facebook, y por medio del hashtag #VeoVeo en Twitter y otras redes sociales.¿Quieres jugar? ¡Veo veo! ¿Qué ves?

 

9 Discussions on
“Notas sobre el olor de una ciudad”

Leave A Comment

Your email address will not be published.