Notas sobre dos mezquitas que se miran cara a cara

Estambul, Turquía

Una mezquita, dos mezquitas.

Una tiene muros de color tierra, a veces rosa y a veces naranja, según se encuentre el sol más o menos en lo alto. Una gran cúpula que creó un antes y un después en la historia de la arquitectura, y que se apoya en las pechinas que nos enseñaban en las clases de arte. Cuatro minaretes que se fueron agregando a lo largo de los siglos y que, a veces, sufrieron la acción destructora de los terremotos.


Santa Sofia


Está orientada hacia Jerusalén y, una vez dentro, descubres que a pesar de sufrir momentos de prohibición iconoclasta, toda su decoración está hecha a partir de las teselas doradas de mosaicos con representaciones de reyes y reinas, y de figuras que pertenecen a otra religión que llegó a la ciudad mucho antes que el Islam.


Mezquita Azul


La otra tiene muros de color blanco, de piedra y de mármol, y también una gran cúpula pero que se alza flotando sobre otras muchas pequeñas cúpulas y semicúpulas. Y no tiene cuatro, sino seis  minaretes, cuando en el momento en el que se construyó, la gran mezquita de La Meca tenía ese mismo número.

Está orientada, claro, hacia La Meca y, una vez dentro, lo único que se ve son muros cubiertos de azulejos hechos a mano del color del azul de Iznik, la antigua Nicea, con decenas de diseños diferentes de tulipanes.


Mezquita Azul


Santa Sofía y la Mezquita Azul

La primera, ahora un museo desde la década de los años treinta, no tiene ya ningún espacio sagrado que mantenga su función original, y la gente deambula por un espacio enorme y abierto buscando algunas pocas pistas de su pasado religioso, el del tiempo que fue mezquita pero, también, el de los siglos anteriores en los que fue basílica.


Santa Sofia


La segunda nació siendo mezquita, lo sigue siendo y parece que seguirá así durante mucho tiempo. Su interior está dividido entre  aquellos que van a ella a orar y, los demás, los otros que sólo estamos allí para contemplarla. El espacio mantiene aún su función religiosa y, a diferencia de la otra, parece que siga todavía estando viva.

Entre ambas, una plaza, un parque en completa remodelación, unos bancos en los que descansa la gente, los gatos y en los que siempre hay alguien ofreciendo té o un simit. Un espacio casi neutral desde cuyos lados, ambos edificios, parecen mantener un pulso de siglos para ver quien, al final del tiempo, saldrá vencedora.

Una pelea de siglos

Hay veces que los hombres aceptan completamente la historia que les precedió y, en cierta manera, muestran su agradecimiento hacia ella. Es como esa vidriera de la catedral de Chartres en la que los hombres caminan a hombros de gigantes, los grandes hombres del pasado, que les precedieron y sin los cuales no estarían donde están.

Otras, en cambio, parece que queramos destruir todo lo que había antes de nosotros o, si no destruirlo, por lo menos superarlo y dominarlo como si de una competición se tratase.

Ese es el caso de Santa Sofía y la Mezquita Azul, o Mezquita del Sultán Ahmet. La segunda, se construyó para superar a la primera, para mostrar el hecho de que los turcos habían conquistado la ciudad bizantina, que la religión islámica había vencido a la cristiana.


Santa Sofia


En esa explanada llena de gente y de movimiento, parece que las dos mezquitas vayan a seguir compitiendo por los siglos de los siglos.

La Mezquita Azul ha resultado la vencedora porque a la otra se le silenció hace mucho tiempo pero, en realidad, si pensamos un poco y somos justos con la historia, no estaría en el lugar en el que se encuentra sí, mucho antes, desde el año 360, no se hubieran comenzado a poner, también allí mismo, las piedras de la que sería después Santa Sofía, Hagia Sophia, el templo dedicado a la sabiduría de Dios en Constantinopla.

 

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