Notas para recordar Japón

Me despierto.

Desorientada.

He soñado con gente que hace mucho tiempo que no veo y con toros que me persiguen y, de repente, abro los ojos sin saber muy bien donde estoy.

Son las cinco de la madrugada, hace calor y tengo hambre, no hambre de desayuno sino el hambre que se tiene al mediodía sin haber comido nada en toda la mañana.

 

Tengo jet lag de una forma que no había tenido antes.

 

En ese estado intermedio entre el sueño y el despertar me van viniendo imágenes de los últimos días, de cosas que se fueron convirtiendo en rutinas y de las que ahora me tengo que despedir poco a poco. Han sido días tan intensos que todo se mezcla en mi cabeza, sólo esa intensidad ha hecho que los días pareciesen pasar más lentos de lo que en verdad pasan.

 

Japón desde arriba es verde y montañas, y desde abajo ese verde es aún más verde y las casas, las más antiguas y las más nuevas, o las calles, son como las has visto en las fotografías, rectas y llenas de cables y postes telefónicos, y sólo pueden estar en Japón.

El choque con el calor húmedo y el dejar atrás la estación de Shibuya para encontrarnos finalmente con Tokio se han quedado grabados en mi mente, las luces de los anuncios y la inmensidad de una ciudad que me parece completamente inabarcable, desde la sede del gobierno metropolitano en Shinjuku es imposible ver su final.


Calle de Shibuya, Tokio Shibuya, Tokio Sede del gobierno metropolitano en Shinjuku


Los viajes tienen demasiados límites y, desde que nos toman nuestras huellas digitales en el control de inmigración, nos quedamos en la superficie de muchas cosas, recorremos los lugares que muchos recorren antes que nosotros y que seguirán recorriendo una vez pasemos, y sabemos que damos la espalda a tantas otras cosas que podríamos repetir este viaje muchas veces y, aunque nos empeñemos, no podremos decir nunca que conocemos Japón.

 

La lluvia en Nikko no le quita ni un ápice de su belleza, es una lluvia que empieza de repente y sin preaviso, que llena el santuario de una procesión de paraguas que más tarde servirán también para tapar el sol y que lo cubre todo, piedras, torii, todo, de un musgo reluciente.

En Nara nos reciben sus ciervos, o quizás antes lo hace el olor de sus excrementos, y los ciervos ya no nos dejan. Están también en Miyajima cuando bajamos al santuario Itsukushima por la noche y todo parece flotar sobre el mar, y también me hace compañía uno mientras mis piernas se relajan con el agua caliente de un onsen, ha bajado a beber en el riachuelo que está abajo, me mira pero está más interesado en el agua y desaparece tan rápido como ha llegado.

Me acostumbré a caminar descalza por suelos de madera y a esperar asombrarme cada día. A los reflejos de los templos en el agua de los jardines y a pensar que lo que, desde fuera sólo parece estar ahí por pura belleza, tiene muchos significados escondidos.

Me habitué a los regalos de origami, al olor de sopa miso, de humedad, de incienso y de madera vieja, al tintineo de las monedas en las cajas de madera de los templos y a las dos palmadas de los rezos, al sabor amargo y denso del té, al olor de la comida en todas partes, a la tristeza de Hiroshima. No, a eso no me acostumbré.


Nikko bajo la lluvia Incienso en Kamakura


Algunos nombres se han quedado y tardarán en desaparecer, otros no durarán tanto en mi memoria.

Los nombres de la comida. La yuba que probamos en Nikko, el wasabi que allí me gustó cuando nunca lo ha hecho, los soba fríos de verano, las ostras que en Miyajima parecen estar en todas partes, el sabu sabu que queríamos probar desde hace mucho tiempo, el olor del pescado del mercado de Tsukiji o de las cosas que no sabemos que son del mercado de Nishiki en Kioto.

Pero también otros nombres. Nihonbashi, Jimbocho, Marutamachi, Karasuma Oike,… en el metro de Kioto hay música cuando el tren se acerca y cambia dependiendo de la estación. En las estaciones, la gente espera haciendo colas en diagonal para tener más espacio y ahí están, en algunas, los guardas con guantes blancos que hemos visto siempre desde lejos, evitando las horas punta.

Hemos llegado a usar los trenes entre ciudades casi como si estuviésemos utilizando el metro,  cargados con un ekiben subíamos al shinkansen con algo de rutina que no quitaba nuestra felicidad, dejando pasar el país a través de la ventanilla.

Esperábamos los trenes, y los mirábamos pasar, haciendo temblar la estación y dejándote casi sin habla por la velocidad, como si no hubiésemos visto trenes en nuestra vida.

Cada estación, un mundo.

 

En los lagos los lirios son gigantes y la vegetación, recortada por la niebla, es como la de los cuadros y grabados que me gustan, el otoño apenas intuyéndose.

En Tokio los jardines de Hamarikyu están lleno de crocus que se mueven con el viento y en Arashiyama, en Kioto, no se puede ver el cielo entre el bambú.

Las islas de alrededor de Miyajima aparecen y desaparecen también entre la niebla, son islas fantasmas, casi como el monte Fuji, el Fujisan que aparece apenas quince minutos entre las nubes de humo rojo del anochecer para que podamos hacerle algunas fotos en la soledad de la tarde de Moto-Hakone.

También se nos hace casi de noche entre los torii del Fushimi Inari mientras subimos la montaña, a veces nos quedamos solos y sólo se oye el rumor que hacen los insectos cuando hace calor. Solos estamos mientras paseamos por el barrio de Higashimaya, mientras buscamos la tumba del último sogún en el cementerio de Yanaka en Tokio.

Pero no lo estamos en Gion o Pontocho, ni en el río Kamo en Kioto con las hogueras en las montanyas que marcan el Gozan no Okuribi, ni en Akihabara, ni en el castillo de Himeji que acaban de abrir después de años de restauración, ni entre la multitud de gente que rodea al gran Buda de Kamakura.


Bosque de bambú de Arashiyama En el Fushimi Inari, Kioto Fushimi Inari, Kioto

Japón Los arces de Miyajima


Aún puedo ver los ema, los amuletos de cada templo, los arces de la isla de Miyajima, las tiendas con pinceles de diferente grosor para caligrafía, los libros que la gente lee en el metro y que fascinan como aquello que fascina porque no se comprende nada, la comida de plástico en exposición, la gente vestida con yukata mientras caminan a nuestro lado, los colores de la comida en las plantas bajas de los grandes almacenes y la vista desde los restaurantes de los últimos pisos de las estaciones.


Periódicos en Japón Té matcha


Alguien me ha preguntado, no sé quién ni cuándo, si volvería a Japón y no cuesta nada responder, aún en este estado algo irreal en el que estoy en el que a las nueve de la noche de aquí podría ponerme a dormir en cualquier esquina, volvería ya mismo a recorrer otras ciudades, otras zonas del país con esa certeza de que seguirá sorprendiéndome siempre y, en él, los días volverán a parecer eternos porque desde que sales a la calle te envuelve una sensación de descubrimiento constante.

Leave A Comment

Your email address will not be published.