Notas desde Whitby

Todas las islas británicas están llenas de los esqueletos de abadías y monasterios medievales que dejó la reforma religiosa, están ahí como restos de un pasado que no va a volver y, a veces, sobre todo en días grises y de nubes lloronas, dan al paisaje un algo tétrico y siniestro.

Las hay en Yorkshire, en las afueras de Leeds se encuentra la abadía de Kirkstall y, un poco más arriba, la de Fountains, que fue declarada patrimonio de la UNESCO. También las puedes encontrar en Escocia, en Gales, donde está la abadía de Tintern que me quedé con ganas de visitar cuando estuve por allí…. Todas se encuentran como detenidas en el tiempo, como fantasmas que llegan desde otra vida.

Pero quizás una de las más evocadoras sea sin duda la abadía de Whitby, también en Yorkshire pero en la costa, en lo alto de una colina en la desembocadura del rio Esk, dominando toda la ciudad y queriendo también, aunque lo tenga difícil, dominar el mar del Norte que se abre frente a ella.

La abadía fue construida en el 657 pero esa zona sufrió, tres siglos más tarde, la invasión de los vikingos y fue destruida. Serían los normandos quienes, en 1077, la reconstruirían y restablecerían su poder en toda la zona, de nuevo temporal, hasta que Enrique VIII decretó la disolución de los monasterios y las órdenes religiosas, y dejó el paisaje británico lleno de estas siluetas sin vida y llenas de misterio.


La abadía de Whitby


 

La abadía entre la niebla

Nada más llegar a Whitby se puede ver ya la silueta de la abadía en lo alto pero, para llegar hasta ella, hay que subir los 199 escalones que ahora son de piedra pero hasta el siglo XVII estaban hechos de madera.

Al menos dicen que son 199, porque yo no me paré a contarlos, a medida que asciendes lo mejor es ver como la ciudad va apareciendo frente a ti: sus tejados rojos y sus casas escalonadas a ambos lados del río, los barcos y el puente que se abre cuando llega un nuevo barco, el puerto blindado al temperamento del mar, el arco formado por dos cuernos de ballena que recuerdan que Whitby fue un puerto ballenero, la estatua del Capitán James Cook oteando el mar que se convertiría en su vida… y, en lo alto, al final de la escalinata, la iglesia de St Mary y su cementerio y, después, la silueta recortada de la abadía.


El puente de Whitby

El puerto de Whitby

Whitby

Capitán Cook


 

A nosotros todo eso se nos presentó envuelto por la niebla, que difuminaba colores y siluetas. Los tejados de las casas más altas desaparecían entre las nubes, el puerto parecía en calma cuando no lo estaba, los cuernos y el capitán casi no se podían distinguir hasta que no te encontrabas debajo de ellos, y las tumbas o la abadía parecían sacadas casi de una película de terror.


Whitby con niebla

Whitby

Whitby

La abadía de Whitby Abadía de Whitby


 

Una ciudad de vampiros

Whitby podría ser otro pueblo costero más del litoral inglés, con sus fish and chips, sus vieiras y cangrejos, y la gente que come al aire libre sin importar el tiempo que haga, con una playa de casetas de colores en línea y un muelle elegante que se adentra al mar, con su feria, sus pubs y salas recreativas abiertas a la calle.

Pero parece que la presencia de la abadía y esas tumbas que miran al mar desde el acantilado, le den también otro carácter. Quizás fuese esa aura la que Bram Stoker sintió cuando, a finales del siglo XIX, veraneaba en la ciudad y, quizás también fue ella, la que le llevó a crear una historia de vampiros que ha pasado a la posteridad.


199 escalones, Whitby


 

Stoker se inspiró en un nombre que encontró en un libro sobre Moravia y Transilvania en la biblioteca local, y así creó a Drácula. También lo hizo en la historias de tantísimos barcos que, durante siglos, han naufragado frente a estas costas, que han ido dejando pequeños rastros a lo largo de toda la orilla y cuya historia se muestra en los pequeños museos que por toda la costa honran a la gente que perdió su vida en la mar.

En Drácula, el conde llega a Inglaterra a través de esta ciudad, entonces uno de los puertos más importantes del país, lo hace a bordo de una goleta rusa llamada Démeter, que naufraga en su camino a Londres y, cuya bodega, va cargada de cajas de madera llenas de algo que dicen que es arcilla.

En lo alto de la colina, el paisaje de sombras que deja la niebla hace que casi puedas imaginarte a Drácula aquí, transformado en un perro negro subiendo los 199 escalones. El mar furioso también ayuda, igual que una noticia que escuché hace unos años cuando, durante un temporal, la lluvia estaba haciendo que algunas de las tumbas centenarias de la iglesia de St Mary se fueran deslizando por el acantilado y que tuviesen que ser contenidas.

Pero son los arcos y las piedras de la abadía que han quedado en pie, difuminados a veces por la nube en la que nos encontramos, los que parecen querer hacer real una historia que no fue más que ficción, pero por la que mucha gente viene a Whitby, y hacerte pensar que Drácula puede aparecer detrás de cualquier sombra.


La abadía de Whitby


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