Notas desde el mundo de Georgia O’Keeffe

La Tate Modern de Londres, después de su ampliación, celebra la mayor retrospectiva hasta la fecha de la obra de Georgia O’Keeffe fuera de los Estados Unidos.

 

“Para crear un mundo propio en cualquiera de las artes se necesita valor”, dice una de sus citas más famosas. “Tengo cosas en la cabeza que nada tienen que ver con lo que me han enseñado –formas e ideas que me son tan familiares que decidí empezar de nuevo, quitarme de encima lo que me habían inculcado…”.

 

En el año 1912 Georgia O’Keeffe comienza a crear su mundo. Para ello lo más importante era volver a pintar, lo había abandonado todo después de años de formación académica en el Instituto de Arte de Chicago y en la Liga de Estudiantes de Arte de Nueva York, sentía que las imposiciones academicistas la limitaban y la perspectiva de seguir copiando lo que se había hecho antes había acabado por quitarle las ganas de coger los pinceles. Pero entonces descubrió las teorías del pintor y profesor Arthur Wesley Dow, quien más que el realismo defendía la capacidad del artista por ensalzar sus motivos y su sensibilidad mediante el énfasis en la composición, en los colores y líneas, en los volúmenes y sombras. Esas ideas dieron alas a su libertad y a la maravillosa sensación de que podía comenzar a pintar no simplemente lo que veían sus ojos sino lo que sentía hacia lo que éstos veían.

Así, a una época completamente seca le siguieron años de trabajo sin descanso, algo que sería una pauta constante en su vida, la de los extremos y el darse de lleno a algo o no darse en absoluto. Por aquel entonces, la artista no pensaba que fuese capaz de ganarse la vida con su arte, había comenzado tan sólo a encontrar su camino estético al mismo tiempo que daba clases de dibujo para poder permitirse su independencia. Poco más de un siglo después, en 2014, la pintura de una de sus famosas flores se convertiría en la obra más cara del mundo pintada por una mujer pero, ya incluso durante su vida, su trabajo disfrutó de un reconocimiento que le permitió hacer lo que quiso, personal y artísticamente hablando.

 

Sus primeros dibujos al carboncillo, sin color, sólo composición y volumen, llegaron a través de una de sus amigas al fotógrafo y galerista Alfred Stieglitz quien se había convertido, no sólo en un innovador y defensor en los Estados Unidos de la fotografía como arte, sino en la figura que, desde la galería que abrió en 1905 en el 291 de la Quinta Avenida de Nueva York, introducía y creaba las tendencias del nuevo arte modernista estadounidense.

El fotógrafo expuso, sin su permiso, varios de sus dibujos en la primavera de 1916, era la primera vez que el público veía su obra, algo que la llenaba de un pudor mezclado con miedo. Esa primera exposición pública, como punto de partida al siglo en el que hemos disfrutado de su obra, es la que quiere conmemorar la nueva y ampliada Tate Modern londinense este verano. La primera de las salas de la exhibición evoca las mismas paredes grises, las molduras y la manera de colocar las pinturas del edificio de 291. Cien años de visibilidad de una artista unida completamente a los orígenes del arte contemporáneo norteamericano, alguien que con su obra y su actitud llegó a convertirse en un icono, pero una artista para quien esta muestra busca también otras interpretaciones.


tate modern londrestate modern londres


 

En total son más de cien obras las que conforman la exposición, es la primera vez que muchas de ellas salen de Estados Unidos. Pretenden mostrar a O’Keeffe como una pintora de algo más que flores, y sobre todo de algo más que vaginas, la interpretación que ha perseguido a parte de su producción desde muy temprano cuando, tras regresar al óleo, comenzó a pintar sus grandes y detalladas flores, según ella como una manera de que nadie ignorase su belleza. Stieglitz y sus interpretaciones psicoanalíticas desde prácticamente el principio tuvieron en parte la culpa, el hecho de que se exhibiese al mismo tiempo la obra de ambos, sus flores junto a los retratos desnudos de ella que fotografió él, hizo todo lo demás.

La artista contestaba que esa importancia otorgada al sexo en su obra estaba más bien en los ojos de quienes miraban y no en los suyos. No se sintió cómoda cuando algunas artistas del movimiento feminista como Judy Chicago, en la década de los setenta, la tomaron de modelo y volvieron a insistir en la femineidad y sensualidad de sus pinturas. Su forma de protestar ante los encasillamientos había sido comenzar a pintar flores de forma menos abstracta, a volver a elementos más reconocibles, pertenecer a un grupo, formar parte de algo más grande que ella misma, no iba con su carácter solitario e independiente.

Durante años pintó, ante la sorpresa de muchos de los que la rodeaban, los rascacielos que iban conformando el paisaje cambiante de Nueva York, ante ellos no había posibilidad de que la crítica buscase ideas nuevas donde no las había. La Tate Modern utiliza esos paisajes urbanos para recalcar la relación entre la artista y Stieglitz, no la personal sino la manera como ambos se influyeron mutuamente durante años, el impacto e influencia que ella recibió de la fotografía.

A través de la mirada a las trece salas que conforman la exhibición, parece que la Tate Modern quiera ensalzar la figura de la artista como una pintora de paisajes. De los urbanos en sus primeros años pero, sobre todo, de los grandes y abiertos paisajes áridos y desérticos del oeste norteamericano, de Nuevo México, en donde encontró la soledad y austeridad que le recordaban las mismas planicies de Wisconsin en las que pasó su infancia. Las flores a las que siempre estará ligada son una parte de algo más amplio, de una obsesión por representar el mundo y los espacios que la rodeaban que le acompañó hasta su muerte. Pero no a través del lenguaje artístico que le habían enseñado sino a través del suyo propio, una lengua cercana a la abstracción que le permitía expresar las sensaciones que los lugares le provocaban.

Algo que pocas mujeres artistas tenían la posibilidad de hacer a inicios del mil novecientos y ahí se encuentra, más que en la posible sexualidad de sus formas, la relevancia de Georgia O’Keeffe.


Georgia O'Keeffe


 ¿Dónde estás?

Leave A Comment

Your email address will not be published.