Notas desde Marsaxlokk

Un pueblo pesquero con encanto, así es como aparecía Marsaxlokk en todas las guías que consultamos sobre la isla de Malta. Un lugar en el que pasar un día relajado comiendo pescado fresco y contemplando los luzzus o barcos malteses tradicionales.

Pero si no hubiera sido por la huelga de transporte público que había en la isla cuando llegamos, probablemente nunca hubiésemos llegado a Marsaxlokk a pesar de las recomendaciones. Al no existir la posibilidad de movernos con autobuses, decidimos coger uno de esos autobuses turísticos que existen en prácticamente todas las ciudades turísticas pero que, en Malta, no sólo hace el recorrido por La Valetta sino que lo hace por toda la isla. Una de las paradas del recorrido era Marxaslokk, pudimos ver su bahía repleta de barcos ya desde lo alto del autobús mucho antes de que llegáramos a la población, el sol ardía en el mes de julio y se reflejaba brillante en el agua del mar y en los colores amarillos, azules y rojos de las embarcaciones.



Cuando llegamos, los restaurantes frente al mar estaban vacíos y el pueblo parecía completamente abandonado a las aguas, al sol y a los pocos que nos bajamos del autobús para visitar de forma rápida el lugar hasta que pasase el siguiente vehículo a recogernos.



Un grupo de hombres charlaba en la orilla junto a los barcos y otro nos ofrecía un recorrido en su barco mientras pensábamos qué hacer con el poco tiempo que teníamos disponible. No podíamos sentarnos a comer el pescado fresco que se recomendaba en todas partes y nos limitamos finalmente a pasear con calma, apreciar los colores de una de las bahías más importantes de la isla desde que allí se asentaron grupos fenicios y llenarnos los ojos de ese espectáculo de color que ofrece su paseo junto al mar.



Antes de que nos diésemos cuenta, el siguiente autobús llegó por la carretera flanqueada de viñedos, volvimos a nuestras posiciones en el piso superior y la pareja que se sentó a nuestro lado comenzó a comerse los restos de pescado de la comida que les habían puesto en una de esas cajas cuadradas de cartón que se utilizan para las pizzas para llevar. Y, así, con la mezcla del olor a mar y del pescado asado, empezamos a recorrer el camino que nos llevaba a nuestra próxima parada: los templos megalíticos de Hagar Qim. Por suerte, allí disponíamos de un poquito más de tiempo.

Relatos de otros viajeros  #postamigo

El mundo a través de un visor: Marsaxlokk, el pueblo de los barquitos de colores

 

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