Notas desde los páramos

Hay lugares que han ido tomando forma en nuestra imaginación durante años, que hemos ido creando, inventando, soñando, con el riesgo de que al final la realidad sea algo completamente diferente a lo que se había inventado nuestra cabeza. Siempre podemos echar la culpa a la televisión, al cine, a las revistas, a la literatura…  a los escritores, directores, fotógrafos y cámaras que son capaces de representar un lugar de una manera tan potente que éste no puede más que cobrar vida propia en nuestro pensamiento.

 

Yo culpé a las hermanas Brontë de que los páramos del norte de Inglaterra, de Yorkshire, no me recibiesen con la misma imagen que mostró de ellos Emily Brontë en Cumbres Borrascosas. Porque llegamos al pequeño pueblo de Haworth con un cielo sin nubes y algo en el aire que dejaba una sensación de quietud, de encontrarnos rodeados por un paisaje casi idílico sin rastro de la brutalidad, del salvajismo y de la dureza que envuelven la vida de los personajes de la novela, como si los páramos quisiesen acabar con su propio mito.

Las Brontë tenían este paisaje literalmente a la puerta de su casa, lo podían ver todos los días desde la ventana,  la pequeña parroquia en la que vivió la familia se encuentra solitaria entre el cementerio típico de esas iglesias anglicanas y el principio de los páramos. Y los recorrieron juntas, o en solitario, durante años, en todas las estaciones o estados de ánimo de la naturaleza, vestidas con esos sobrios vestidos negros y botines que no podían dejar de llevar las hijas de un pastor anglicano y sintiéndose, en ellos, completamente libres.


Bronte chair Yorkshire moors Top Withens Top Withens Los páramos de Yorkshire


Como ellas, hicimos muchos de sus kilómetros andando, la mayor parte del tiempo solos, rodeados sólo por helechos y por el brezo que algunos meses más tarde se volvería morado, a veces cruzándonos con gente que aparecía de repente por entre las lomas y volvía a desaparecer con la misma rapidez.

La soledad que se respira en ellos, creo que sólo los más introvertidos y solitarios podrían sentirse a gusto viviendo aquí, invita a transitarlos con calma y hasta a meditar. Las granjas abandonadas con las que te cruzas de vez en cuando, muestran la dureza y crueldad de este paisaje, del que muchos han terminado por alejarse.


Granja abandonada en Yorkshire


Los páramos son un lugar extraño, incluso en el mejor de los días.

Los caminas esperando una cima, una ladera más alta que la otra que te lleve a un final pero esa cumbre no llega nunca y, mientras la esperas, puedes recorrer kilómetros y kilómetros. Porque llegar al páramo es no llegar, es llegar a la nada, a un punto desde el que no puedes subir más y en el que puedes ver todo lo que te rodea, una planicie estéril, monótona e inservible para cualquier propósito humano.


Yorkshire moors Los páramos Los páramos de Yorkshire Los páramos de Yorkshire El paisaje de Yorkshire


Las Brontë sin duda conocían mejor ese paisaje que yo, y tuve que aceptar que lo que vimos ese día podía ser una excepción.

No hay nada como volver a un lugar para cambiar la imagen que nos habíamos hecho de él. Y nosotros volvimos a los páramos tres meses más tarde, cuando ya estaban cubiertos de púrpura y empezaba la época del año en la que todo se vuelve más hostil.

Pasamos por lugares como Malton o Pickering y llegamos al North York Moors National Park, dejamos abajo el ferrocarril a vapor que se ha hecho famoso gracias a las películas de Harry Potter, y vimos los páramos bajo la niebla y rodeados de un viento helado. Habíamos encontrado por fin el paisaje de Catherine y Heathcliff.


Conduciendo por los páramos


Hay algo en los grandes paisajes abiertos, como en el mar o en el desierto, que no deja indiferente a nadie, por eso están siempre tan llenos de leyendas y de historias. Los páramos no son una excepción.

 

Dicen que antes se decía que, si te internabas por ellos corrías el riesgo de no volver.

En el autobús con el que recorrimos el parque nacional no había mucha gente, otras parejas, alguna familia con niños y una chica sola, de unos dieciséis o diecisiete años, que allí, en mitad de esa planicie desolada y rodeada por la bruma, sin ninguna señal de existir una parada de autobús, sin ninguna senda o camino, descendió del autobús.

 

Y desapareció entre los páramos.


¿Dónde estás?

4 Discussions on
“Notas desde los páramos”

Leave A Comment

Your email address will not be published.