Notas desde las catacumbas de París

A finales del siglo XVIII partes del suelo de París comenzaron a ceder tragándose todo lo que sostenían, edificios oficiales, casas, vecinos… el primer derrumbamiento se produjo en diciembre de 1774 en lo que hoy es la Avenue Denfert-Rochereau, puede que su nombre original como rue de l’Enfer, “la calle del Infierno”, fuese como una premonición de lo que iba a ocurrir.

Pero no fue algo aislado, los derrumbamientos se sucedieron por todo el sur de la ciudad, y su imprevisibilidad y consecuencias llegaron a tener un enorme impacto en el subconsciente y el miedo colectivo.

 

El problema provenía de siglos atrás, de toda la red laberíntica de túneles que conforman el subsuelo de esa zona del sur de París, una red que en los siglos posteriores usarían ladrones y rebeldes, los constructores del metro y de las cloacas, los comuneros de finales del siglo XIX o los miembros de la Resistencia durante la ocupación. Una red que, durante siglos, incluso ya desde el tiempo de los romanos, se había utilizado como canteras de las que obtener la piedra caliza con la que construir los edificios más icónicos de la ciudad.

Las canteras, las llamadas carrières parisinas, se habían ido perforando en las afueras de la ciudad pero, con el gran crecimiento demográfico y el aumento de los límites de la ciudad, se había ido construyendo durante décadas sobre ellas y ya no podían aguantar la presión de las nuevas edificaciones.

 

Así que después de siglos ignorándolas, el rey Luis XVI tuvo que tomar cartas en el asunto y buscar una solución, para ello encargó la misión de explorar, asegurar y reforzar los más de 300 kilómetros de túneles que se pueden encontrar en el subsuelo de París, al arquitecto Charles Axel Guillaumot y su equipo.

 

Al mismo tiempo, el gobierno de Luis XVI se enfrentaba también a otro gran problema que llevaba igualmente décadas ignorándose: el hacinamiento de los cementerios parisinos. Los huesos de siglos se acumulaban en ellos, la falta de espacio era cada vez más evidente, aquellos que podían pagarlas conseguían descansar en tumbas individuales pero la mayoría acababa en fosas comunes que presentaban más y más problemas sanitarios a medida que se llenaban. El terror a las epidemias y a la peste era constante.

 

La solución parece ahora hasta evidente.

 

Los kilómetros de pasadizos vacíos bajo el suelo pasarían a convertirse en un osario público al que se irían trasladando los huesos de los cadáveres acumulados en los más de ciento cincuenta cementerios, monasterios y leproserías de París.

 


Catacumbas de ParísCatacumbas de París


 

Las tareas de traslado comenzaron enseguida, se hacían de noche cuando una gran procesión funeraria cruzaba la ciudad de un lado a otro en carretas cubiertas con pesadas mantas negras para ocultar los huesos.

 

Se trasladó un total de más de seis millones de cuerpos.

 


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El primer cementerio exhumado fue el de los Inocentes, situado en el barrio de Les Halles en el centro de París, un 17 de abril de 1786. Poco a poco le siguieron los de su alrededor y la tarea continuó durante más de cinco décadas.
Durante los primeros años los huesos se dejaron en los túneles sin muchos miramientos pero, en 1810, con la llegada de Louis-Étienee Héricart de Thury, las catacumbas de París se convirtieron en lo que son todavía hoy. Un enorme y tétrico mausoleo abierto al público en el que las tibias y las calaveras se fueron amontonando de forma organizada, a veces incluso creando motivos como cruces, pilas bautismales o columnas.

 


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Un lugar para ser visto y en el que confluyó todo el gusto y la obsesión romántica por la muerte.

 

“Arrête, c’est ici l’empire de la mort”, esa es la frase que te recibe una vez entras en el osario. “Para, he aquí el imperio de la muerte”.

Héricart de Thury convirtió las catacumbas de París en un escenario en el que las citas en griego, latín, francés o italiano, de Homero, Virgilio o Marco Aurelio, de la Biblia, de Lamartine o Rousseau, muchas de ellas ya borradas por el tiempo, recuerdan la caducidad de la vida, te hacen reflexionar en lo que es la tuya propia o te avisan de que nadie, absolutamente nadie, puede librarse de la muerte.

Omne crede diem tibi diluxisse supremum.

Croyez que chaque jour est pour vous le dernier.

– Horace

 


Catacumbas de París Catacumbas de París


 

Ninguno de los hombres que escribieron esas frases, ni tampoco gente como Racine, Marat o Robespierre, quienes habían sido enterrados en algunos de esos cementerios cuyos huesos acabaron en las catacumbas, la sobrevivieron. Los huesos de esos tres hombres que, por las buenas o por las malas, se encuentran vinculados a la historia de Francia, y los de millones de seres anónimos, fueron separados y reorganizados para crear el efecto visual con el que nos encontramos hoy.

 

Para llegar hasta aquí hay que hacer cola o llegar antes que nadie, hay que bajar a las entrañas de la ciudad al mismo ritmo que va aumentando el silencio, las sombras y el frío. Pero, dos siglos más tarde de abrirse al público, las catacumbas de París siguen causando fascinación.

Ahí abajo, la muerte está presentada para ser contemplada cara a cara. En las cuencas vacías nos podemos encontrar con la mirada de la eternidad o de la nada. Solo las señales que indican las calles, las avenidas o viaductos de la superficie, nos ayudan a no perder de vista el mundo de los vivos.

 


Catacumbas de París


 

La pregunta es siempre por qué nos sentimos tan atraídos por la muerte, por qué esperamos en una cola sin quejarnos, por qué tomamos fotografías de calaveras vacías y de extremidades reverdecidas a causa de la humedad, por qué nos acercamos tanto a unos huesos de los que hace siglos que huyó el alma.

 

¿Necesitamos que nos recuerden nuestra propia mortalidad?

¿Que nos recuerden que hay que vivir más según el carpe diem?

O quizás solo necesitemos ir acostumbrándonos a ella.

 


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