Notas desde el valle de las palomas

Las palomas se arremolinan a nuestros pies. No tienen miedo, son demasiadas, muchísimas más que nosotros y también llevan demasiados siglos conviviendo con los humanos y sintiéndose como en casa en este lugar.

Se mueven con el viento y alzan el vuelo todas juntas sin preaviso pero, entonces, llegan otras parecidas que ocupan el mismo sitio, todas con el cuerpo en diferentes tonos de gris y una mancha tornasolada en el cuello que deja reflejos con el sol.

 

Se desplazan casi al unísono en círculos y forman lo que parece una manta extendida en el suelo o flotando por los aires.

 

Hay cientos, quizás miles, porque se esconden entre los recovecos de este valle enorme que se abre bajo nuestros pies, el valle de las palomas, el Güvercinlik Vadesi en turco, uno de los tantos que la erosión ha formado en plena Capadocia, entre Göreme y la inconfundible silueta de Uçhisar.

 

Palomas en la Capadocia Capadocia, Turquía

 

Un valle de la Capadocia

En las chimeneas que el viento y el agua han dejado en las rocas de color ocre, las palomas han ido creando sus hogares durante siglos y han vivido siempre en estrecha relación con las personas que también construyeron sus casas aquí.

Algunas de esas cavidades en la piedra se pueden ver desde donde estamos, pero dicen que también hay nidos de palomas incluso en las chimeneas más altas, a unos cuarenta metros de altura.

 

Valle de las palomas, Capadocia

 

Nosotros nos tenemos que conformar con ver muchos de esos nidos desde la distancia aunque, en realidad, tengamos ganas de seguir a las palomas y recorrer los senderos y los desniveles del valle, si no volando, al menos a pie, pero no hay duda de que las palomas son bastante más libres que nosotros porque dependemos de más gente y de la constante dictadura del tiempo.

 

Valle de las palomas, Capadocia

 

Las palomas que no quieren las ciudades

En uno de los puestos de recuerdos que hay al borde de la carretera, venden comida para las palomas y no puedo dejar de pensar en otro día, en otro lugar. En Londres, en la plaza de Trafalgar, donde está prohibido dar de comer a las palomas, aunque no es el único lugar en el que lo está y más de una vez he visto a alguien haciendo oídos sordos a la prohibición.

 

Dar de comer a las palomas

 

Porque las palomas se han convertido en un problema endémico de muchas ciudades o, quizás para ser justos, no ellas, si no sus excrementos. No es un problema reciente, es algo que lleva ocurriendo desde hace casi más de cien años, en las ciudades encuentran comida y edificios en los que crear sus nidos y procrear, probablemente porque en algún momento se tuvieron que marchar a la fuerza de donde vivían antes y saben que, cerca de los humanos, nunca les va a faltar alimento.

En el valle de las palomas, en el centro de Turquía, las palomas han vivido durante siglos en relación estrecha con los humanos, por interés claro pero lo han hecho. Los lugareños las alimentaban a cambio de que después alguna acabara en sus platos, sirviera como paloma mensajera o, sobre todo, ayudara a fertilizar los cultivos de la zona.

 

Aunque, en realidad, eso ha sido así en muchos otros lugares y no sólo en estos valles.

 

Capadocia, Turquía Valle de las palomas, Turquia

 

En la actualidad, aquí como en otras partes, los fertilizantes químicos han sustituido a los naturales y existen otras maneras más rápidas de enviar mensajes a quien sea, así que el interés por las palomas ha ido desapareciendo poco a poco.

Aunque, a este valle, mucha gente siga acercándose todos los días atraída por ellas y por su nombre. Pero, si esa gente no las alimenta, quizás terminen también en alguna que otra ciudad en la que probablemente habrá siempre alguien pensando en cómo deshacerse de ellas.

 

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