Notas desde el Buddha Eden

José Berardo, Joe Berardo, es un empresario portugués que se encuentra entre las diez personas más ricas del país vecino y, también, entre los nombrados en la lista de Forbes como las personas más ricas del mundo.

Nacido en la isla de Madeira, emigró a los dieciocho años a Sudáfrica y fue allí  donde empezó su imperio. Posee negocios en muy distintas áreas: minería, telecomunicaciones, hoteles, tabaco, bancos o vinos, y desde 1986, vive de nuevo en Portugal. Es, además, un importante coleccionista de arte y su colección puede ser visitada en el Museo Colecção Berardo en el Centro Cultural de Belém, a las afueras de Lisboa.

En 2001, tras la destrucción de los Budas de Bamyan en Afganistán por los talibanes, Berardo decidió la construcción de un jardín oriental como contrapartida. El resultado fue la construcción del Buddha Eden Garden, en las cercanías de Bombarral, un jardín pensado para rendir honores a las esculturas destruidas por el fanatismo y, también,  como lugar de meditación, reflexión y reconciliación entre religiones.

Así que, allí estábamos. A menos de una hora de Lisboa y tampoco demasiado lejos de uno de los grandes lugares de peregrinación cristiana: Fátima. Rodeados de Budas y por 35 hectáreas de un jardín completamente oriental. Pensé, nada más llegar, que no podía haber nada más fuera de lugar en esos valles portugueses que un jardín de esas características.

Al entrar, con lo primero que nos encontramos, es con una terraza al aire libre junto a una gran fuente de aspecto italiano, nada que ver con lo que esperaba de un jardín oriental. Después, a medida que atravesamos la gran explanada central, va apareciendo una gran puerta de granito con decoraciones de animales y de flores, por debajo de la cual deben pasar todos los visitantes. Desde allí, parte también un pequeño tren que lleva al visitante sin necesidad de esfuerzo por todo el recinto. Todo tiene un poco el aire de un parque de atracciones.

Mientras caminamos van apareciendo Budas de granito a ambos lados del sendero, están representados en diferentes posturas y se alzan enormes en contraste con el cielo. Más tarde, a medida que el sendero se interna en el bosque, nos encontramos con los dinteles rojos característicos que marcan la entrada a los lugares sagrados en algunos países asiáticos y que albergan debajo algunos grabados de figuras. En lo alto de una colina, al final de una escalera de ladrillo, la figura de un Buda recostado domina todo el jardín y se ve desde la distancia. Es la figura que representa el momento de la iluminación de Buda, ese momento tan próximo al nirvana y que es el epílogo de todos los demás estadios de la meditación. El color bronce del rostro, de las manos y de los pies, brilla con el sol y deja reflejos dorados en las figuras de unos diez metros que tiene alrededor.

A nuestra izquierda, la vista del lago es impresionante y las nubes se reflejan en la profundidad oscura del agua. En su centro, se alza una pagoda de color rojo a la que se puede llegar por una pasarela y, desde la cual, se siente uno en el centro del universo que es ese jardín inesperado. Caminamos por las orillas del lago cubiertas por bambú y algunos árboles que nos esconden de los rayos del sol, de repente aparecen unos dragones de mármol rosa que contrastan con la oscuridad de las aguas, algunos patos descansan a sus pies protegiéndose del sol. Mientras, en el agua, se puede ver el movimiento de grandes peces rojos en busca de algo de comida.

En lo alto de la colina y rodeando también el lago, cientos de figuras multicolores dominan todo el panorama y, en cierta manera, ofrecen una especie de barrera protectora a las aguas del lago. Son una copia de los Guerreros de Terracota encontrados en la ciudad china de Xi’an, pero éstos no muestran el color terroso de la terracota sino que han sido pintados de colores brillantes y forman un conjunto extraño en ese lugar sereno y tranquilo. Los guerreros están alineados en posición defensiva pero sus manos inertes sienten la ausencia de las armas. Algunas de las figuras empiezan a resentirse ya del tiempo, de la lluvia, posiblemente del calor, veo las marcas que el tiempo ha ido dejando también en los rostros de estos guerreros mientras me pregunto su propósito, el por qué de su presencia en un lugar consagrado en teoría a la paz y a la reconciliación. El jardín funciona como una fundación, la entrada es completamente gratis aunque, si se desea, se pueden dejar donaciones. Pero, la entrada y la salida, están situadas de forma que no se puede evitar pasar por la tienda en la que se venden los vinos espumosos que produce José Berardo justo al lado del recinto, en la llamada Quinta dos Loridos. Parece que la reconciliación y la paz tengan que ir cogidas de la mano de los negocios.

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