Notas de viajes tristes

Acabo de hacer un viaje triste.

La ida llegó después de pensar que volvía de nuevo a mis rutinas, a mis horarios, a mis viajes en el metro y mis intentos por encontrar cosas nuevas que ver, que hacer, que comer, en Londres.

Llegó cuando en Londres hacía sol, cuando todo lo que esperaba era simplemente estar contenta, y me encontré con que el despegar del avión no podía dejarme la sensación de felicidad que me da siempre un avión, un tren o un coche en marcha, haciendo kilómetros y kilómetros de camino hacia algún sitio, no importa dónde.

Me he acostumbrado a pensar en el hecho de viajar como algo feliz, los viajes son una parte más del ocio de la gente, algo así como pasarse toda una noche viendo series o películas, o hacer deporte, algo que cuesta, que tiene sus momentos bajos pero que al final sólo puede ser gratificante. Es otra de las tantas opciones que tenemos para rellenar ese tiempo de vida con el que a veces no sabemos muy bien qué hacer.

Pero cuántos viajes no se hacen por puro placer sino más bien con dolor. Se nos olvida que hay viajes y viajes, viajes que se hacen en contra de nuestra voluntad, que se hacen en busca de mejores oportunidades, que se hacen por miedo o como una necesidad por recobrar la dignidad, por el hecho de tener un pasaporte concreto y no otro, por tantas razones como motivos diferentes pueden tener las personas.

 

La vuelta llegó con retrasos y a un Londres frío y con lluvia. Me acostumbré a pensar de forma egoísta, lo reconozco, que mi vida, allá donde estuviese, podía ser todo lo caótica que fuese porque había un sitio en el que todo parecía ser siempre igual, y ese sitio era mi casa, mi familia, la gente que conozco desde siempre.

Es el error que creo que cometemos muchos de los que nos vamos a vivir fuera, o aquellos que viajan durante mucho tiempo, volvemos la primera vez a nuestro sitio sintiendo que nosotros hemos cambiado mucho mientras que todo lo demás parece seguir el mismo curso.

Pero eso es una mentira, todo cambia, la vida sigue en cualquier sitio y cambia en cuestión de segundos, un día una persona está y el otro ya no, y tú mismo dejas también de ser el mismo.

 

Los cambios te pillan por sorpresa por más que los esperes, aunque lleves no sé cuántos meses temiendo las llamadas que pueden hacer vibrar tu teléfono de repente, las llamadas que te lleven a tener que hacer un viaje triste.

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