La Boheme en el Royal Albert Hall Londres

Notas de una tarde en la ópera

Siempre había querido ir a la ópera.

Siempre había querido ir sin estar muy segura de sí me gustaría o no, o si me quedaría dormida antes del final del primer acto como me pasó una vez en el cine con una película de la que ya ni me acuerdo del título.

Siempre quise ir pero tuve que esperar hasta vivir en Londres para de verdad poder hacerlo, y sobre todo para descubrir que ir a la ópera no tenía por qué ser tan caro como había pensado. No es barato, claro, pero si no te importa acabar sentado más y más arriba en el teatro, hay de verdad precios para todos los bolsillos.

 

Así que un día, hace ya mucho, quizás las primeras navidades que estuve aquí, fuimos al Royal Opera House un tarde fría de diciembre. Aunque esa primera vez no fue para ver una ópera, las óperas tendrían que esperar un poco más, sino para ver una representación del Cascanueces, que por esas fechas suele estar siempre en cartel.

Y pasé la prueba de fuego porque no me dormí.

 

Royal Opera House Londres

 

Todo lo contrario, no pude quitar los ojos de la escena mientras duró y la música, fragmentos de melodías que conocía sin saberlo, se me quedó desde entonces grabada en la cabeza.

 

Así que volvimos, teníamos que repetir y, la segunda vez, de nuevo en el Royal Opera House en Covent Garden, sí que fue por fin una ópera: Carmen de Bizet. Para correr menos riesgos, por lo menos, teníamos que empezar con una que conociéramos y, de esa, nos sabíamos todos la historia y su final. Casi no hacía falta seguir los subtítulos en inglés que ponen en lo alto del escenario.

Y me gustó. Sin encantarme, pero me gustó.

 

Entonces, alguien que conozco y que ha estado y está muy relacionado con el mundo de la ópera, me ofreció dos entradas para ver Macbeth de Verdi y, con el éxito precedente aunque también con su aviso de que Verdi no era de sus preferidos y de que nos preparásemos a algo muy largo, nos acercamos por tercera vez a Covent Garden y, esta vez, teníamos butacas privilegiadas.

Pero como pasa siempre que te confías, porque ya teníamos buenos precedentes y la historia me gustaba, esa tercera vez tuve que hacer esfuerzos para mantenerme despierta, y no creo que fuese la única en todo el teatro.

No es que la ópera en sí fuese larga sino que, en una historia tan llena de violencia, traición y ambición como la de Macbeth, lo que esperábamos sobre todo era un poco de emoción y nos pasamos toda la representación esperando a que llegase un momento de clímax.

Pero éste no llegó nunca, no lo hizo ni incluso en el momento en el que Macbeth mata a Duncan y, para que su crimen no se descubra, debe seguir matando, un punto de no retorno, y toda la historia nos pareció un poco descafeinada.

 

Entonces, teníamos dos opciones: no volver nunca más o intentar repetir una cuarta vez para quedarnos con mejor sabor de boca.

Y la respuesta nos la dio el anuncio de que llegaba otra vez Madame Butterfly de Puccini al Royal Albert Hall, la excusa perfecta para poder ver también el teatro por dentro.

 

Royal Albert Hall Londres Royal Albert Hall Londres Royal Albert Hall Londres

 

Al contrario que en las obras anteriores, sabía menos sobre la historia pero, ¿cómo salir igual del teatro después de escuchar esto?





Si en Macbeth nos quedamos con una historia contada casi sin emoción, esa emoción la encontramos a raudales en Madame Butterfly y en el aria cantada mientras ella espera en vano.

 

Hace no mucho vimos la última. La Bohème , también de Puccini y también otra historia de amor trágica en la que, aunque no sentí lo mismo que con Madame Butterfly, se puede sentir un poco la desesperación que causa la pobreza .

 

Andrew dice que tengo predilección por las historias que terminan mal, sobre todo las historias de amor, y quizás tiene razón. No me importa que sea en libros o en películas, me encantan las historias que me hagan llorar porque su final trágico las hace siempre más intensas… me gustan en todas partes menos en la vida real.

Así que supongo que puedo decir lo mismo de las óperas.

Sé que mientras siga acordándome del aria de Madame Butterfly, de la desesperación que puede expresar una voz y que te pone la carne de gallina, y de las historias de amor sin finales felices, probablemente seguiré queriendo ir a la ópera de nuevo.


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