Notas a 12.000 metros de altura

A 12.000 metros de altura acabamos de dejar Lisboa, es de día y hemos sobrevolado la desembocadura del Tajo, se ven los dos puentes , el del 25 de abril y el de Vasco de Gama, se entiende el porqué de que la ciudad se convirtiese en una ciudad de navegantes y en un país que recorrió el mundo en barco, el fluir de ese rio la lleva inevitablemente hacia el mar, desde el avión se puede ver la Torre de Belén, pequeñita debajo de nosotros, y el Monumento a los descubrimientos.

 

La gente se prepara a pasar el vuelo como mejor puede, y yo me debato entre leer uno de tantos libros y novelas sobre Japón que llevo detrás, ver una película, dormir o simplemente seguir el recorrido de nuestro viaje en el mapa, aprovechar el hecho de que volamos por la tarde y, gracias a un cielo sin nubes, se puede ver todo debajo de nosotros.

Dentro del avión, cerrado herméticamente, ese mapa parece que sea la única cosa que te mantiene conectado con el mundo real, sobre todo en los vuelos nocturnos cuando flotas en el aire y es difícil saber en qué lugar estás, la geografía no miente y es fácil encontrar las referencias espaciales y conectarlas con tu propio mapa mental.


Vuelo a Japón


Recuerdo el vuelo de once horas a Sudáfrica, once horas nocturnas en las que atravesamos todo un continente pero del que lo único que se podía ver era una enorme mancha oscura con apenas algunas luces muy de vez en cuando, hasta que se hizo de día y Sudáfrica apareció como un país de bosques verdes y tierra roja.

 

Seguir el puntero del avión en la pantalla es disfrutar del placer de moverse, sólo eso. No de viajar, ni de ir de vacaciones, sino de saber que vas cruzando el planeta de un lado a otro y puedes ir uniendo los puntos de un lugar a otro.

La pantalla dice que sobrevolamos Madrid y luego Cuenca, la tierra es de diferentes tonos de marrón, y luego veo la costa casi recta y vertical que me es tan familiar y sé que estamos pasando por encima de Valencia y, más al norte, se pueden ver los puertos de Sagunto y de Burriana.

Las islas Baleares aparecen de repente y también muy claras, pero Cerdeña está algo cubierta de nubes y lo único que se puede divisar es el puerto de Olvia lleno de barcos, que desde arriba parece una maqueta.

Después el avión vira hacia el sur y cuando me doy cuenta sé que estoy sobrevolando el norte de Calabria – sus carreteras, el mar transparente, y las caras que conocí hace ya nueve años llegan a mi cabeza- y Puglia.

Las nubes han ganado ya cuando pasamos Albania y, al llegar a Estambul, donde hacemos escala, es de noche, se pueden ver los barcos en el Bósforo pero no soy capaz de reconocer la ciudad en la mezcla de los puntos de luz y oscuridad que hay debajo.


Vuelo a Japón


En el segundo vuelo me fuerzan a cerrar la ventanilla, la luz hacia el este se va haciendo cada vez más blanca, y mientras gran parte de los pasajeros duerme, pasamos el norte de Turquía y luego sé que estamos en el centro de Asia y me asomo y bajo no hay nada, sólo tierra ocre que se extiende durante kilómetros y kilómetros.

Luego Corea del sur, donde se ven manzanas y manzanas de edificios en ciudades muy cerca del sur de Seúl, y después el mar y entonces por fin llegan las islas de Japón, verdes, montañosas y con la tierra roturada.

 

Y me doy cuenta de que es la primera vez que veo el Pacífico.


Vuelo a Japón Vuelo a Japón


Entre leer, las películas o dormir, ponerme un poco de música y seguir el recorrido del avión cruzando el mundo, por la ventanilla o en la pantalla, sigue siendo mi manera preferida de pasar un vuelo. Cuanto más largo sea, mejor.

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