Notas desde el desierto

Merzouga, Marruecos

No se puede hacer nada, te llevas a un inglés al desierto y llueve, qué se le va a hacer. Puedo oírle a lo lejos diciéndome que no es tan inglés que por sus venas lo que corre es sangre portuguesa pero, al fin y al cabo, lo que cuenta es el pasaporte y, allí, lo que pone es un “British citizen” al que es difícil contradecir.

Pero volvamos al desierto y a la lluvia, una lluvia irregular de enormes gotas calientes que dejaban el rastro de círculos concéntricos sobre los cristales de nuestro coche en el lugar del mundo en el que menos esperábamos hallar agua.

 

Esa fue nuestra llegada al Sáhara.


Dunas Sahara


 

Allí donde íbamos a ver el atardecer y al sol desaparecer entre las dunas, lo que nos recibió en su lugar fue un cielo encapotado y gris que se unía casi a la arena y que no presagiaba nada bueno. Tuvimos que decir adiós a la puesta de sol y a las estrellas pero el calor seguía intacto, e igual de inmutable continuaba también el silencio.

 

La primera vez en el desierto

La primera vez que vi el desierto, también el del Sáhara pero no en Marruecos sino en sus inicios en el sur de Túnez, tenía catorce años y lo que más recuerdo después de casi veinte años es eso: el silencio. Una de las primeras cosas que se aprecia a medida que los pueblos y las gentes se hacen más escasos, que la vegetación se convierte en piedras y éstas se transforman a su vez en arena, es la quietud, una inmovilidad que parece impregnarlo todo.

Desde el momento en el que tus pies se hunden en la arena y caminas, dejando atrás a los camellos y a sus cuidadores, a las tiendas preparadas para pasar la noche en un lugar que casi se encuentra en medio de ninguna parte y comienzas a estar rodeado de dunas, parece que hasta el mismo aire se haya quedado quieto.


Camellos desierto

Camellos sahara


 

Paz en las dunas

La calma tiene la ventaja de que no tienes la necesidad de estar pendiente de mil y una cosas a la vez, sino que te puedes relajar y prestar una atención exagerada a las huellas que vas dejando en la arena, a cómo la brisa alrededor de ti ha desaparecido completamente o cómo también parecen haberse ido poco a poco los sonidos.

La tranquilidad permite detenerse en las cosas particulares, en lo elemental.


Llegando al desierto


 

En el medio de las dunas de Merzouga y Erg Chebbi, después de haber recorrido valles repletos de palmerales increíbles que crecen junto a ríos y a pocos kilómetros de la frontera con Argelia, el inmovilismo del desierto nos recordó durante una noche que hay lugares en los que aún no hay apenas rastro del ser humano y que, sólo en ellos, es posible una desconexión total que sabes que va a ser efímera.

Porque casi sin darte cuenta el viento comienza a soplar de nuevo, va dejando ondas paralelas en lo alto de las dunas y su movimiento trae el sonido lejano de gallos que cantan y cabras que se quejan, y con ellos transporta también la certeza de que la humanidad vuelve a estar cerca y la soledad ha sido apenas un espejismo.


Sombras camellos

Lloviendo en el desierto


 

Dejamos el desierto del Sáhara envueltos literalmente en arena porque la lluvia se transformó más tarde en tormenta de arena, los contornos de las dunas y de prácticamente todo lo demás difuminados a causa del viento.

Pero el agua continuó siguiéndonos, por los mismos valles de palmeras por los que habíamos llegado, hasta Marrakech y, más tarde, pareció perseguir también al avión con el que volvimos a casa, yo y el inglés, claro.


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