Un día en la costa de Kent: Whitstable

Me encantan los pueblos costeros ingleses, me gusta mucho la sensación de dejar Londres aunque sea solo por un día y saber que viajo hacia el mar, hacia la costa. Quizás porque estar cerca del mar es una de las cosas que más echo de menos y, aunque aquí el mar siempre sea distinto, la costa inglesa me parece siempre llena de encanto.

Poco importa visitarla en verano o en invierno, porque de todas maneras sé que nunca me voy a bancar en sus aguas y, los meses de frío, tienen la ventaja de no tener la presión de tener que esperar un día soleado.

Whitstable se encuentra en la costa norte de Kent, muy cerca de Canterbury, una senda por la que se puede caminar o montar en bici y que sigue la antigua línea férrea, el Crab & Winkle Way, une ambos lugares.

 

Se llega en una hora y media desde Londres en tren y, mientras el estuario del Támesis pasa rápido por la ventanilla, Gravesend, Chatham y Rochester –donde Charles Dickens pasó su infancia y se retiraría al final de su vida-, Faversham,… nos preparamos para pasar un día tranquilo, llenarnos los pulmones de aire con sabor a sal y coger fuerzas para la semana que sigue.

 

Lo primero que vemos de Whitstable son las calles que nos llevan desde la estación hasta la calle mayor y que se llenan muy pronto de tiendas con fachadas de colores, de telas, de quesos, de antigüedades, de cosas para la casa, de cafeterías, heladerías, librerías, tiendas benéficas, galerías y, como siempre, de algún que otro pub.

Son las mismas calles que describió el escritor W. Somerset Maugham en su libro Servidumbre Humana, un libro que yo encontré en las estanterías de casa cuando tendría unos dieciséis años, y que él escribió con toda la tristeza que debió albergar al llegar a Whitstable a los diez años, huérfano y teniendo que vivir con un tío al que no conocía.

En él Whitstable no es Whitstable, sino Blackstable, pero por las descripciones no podría tratarse de ningún otro lugar.


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Más tarde el olor nos avisa de que estamos llegando al puerto, donde los barcos varados en ese sábado por la mañana esperan con la misma poca prisa que nosotros a que llegue el lunes.

El puerto está lleno de antiguos almacenes que albergan los puestos del mercado de pescado y marisco, los carteles te avisan de que ahí vas a encontrar algunas de las grandes razones por la que venir hasta aquí: berberechos, caracolas, gambas, cangrejos, langostas pero, sobre todo, ostras.

Las ostras y Whitstable son inseparables, el pueblo tiene incluso un festival en honor a ellas cada mes de julio.


Puerto de Whitstable Puerto de Whitstable Puerto de Whitstable Puerto de WhitstableOstras de Whitstable Whitstable Whitstable


 

A medida que va pasando la mañana y el tiempo parece ser incluso mejor de lo que esperábamos, van abriendo también otros puestos con artesanía, pinturas, … Una orquesta prepara también sus instrumentos y comienza a tocar, y el puerto se va llenando cada vez de más gente y de música.

En uno de los puestos, junto a la venta de todo lo posible para un día de playa aunque estemos en otoño, se pueden comprar también los cubos y cebos con los que pescar cangrejos y varias familias miran el agua apoyados en la barandilla gritando cada vez que alguno de los niños consigue atrapar uno. Leo que hay también un concurso y un premio para aquel que consiga pescar más.

Esa imagen, la de los niños con sus cubos llenos de agua e hilos esperando con paciencia a que algún cangrejo pique, es algo casi tan típico en estos pueblos de la costa como comerte un fish and chips cara al mar.

 


Whitstable Whitstable Whitstable WhitstableWhitstable Whitstable Whitstable


 

Igual de típicas son las casetas de playa que van apareciendo mientras nos alejamos hacia el este, montones de ellas, de todos los colores, en primera fila, en segunda, hasta en tercera. Queremos llegar hasta la playa de Tankerton, donde las corrientes del estuario, la que llega desde el mar y la que llega desde el río, dejan durante las horas de marea baja una especie de línea de playa descubierta que se adentra en el mar, y que a veces puede medir hasta más de setecientos metros.

Esa franja es una parte tan importante ya de Whitstable que tiene hasta un nombre, The Street.

 

Nosotros solo conseguimos ver parte de ella porque la marea parece estar subiendo pero nos quedamos allí, frente a ella, durante mucho rato. Mirando fijamente el mar, las olas y como el viento hace lo que quiere con la gente que está dentro.

 

Para eso hemos venido a Whitstable, para ver el mar.

 


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