Notas desde el bosque de bambú de Arashiyama

En Japón el bambú se encuentra por todas partes.

 

En los parques, en las montañas y a orillas de los ríos, en las casas, el  clima húmedo y cálido le deja con las condiciones necesarias para crecer en los lugares más insospechados pero, además, al ser una de las plantas más resistentes que existen, también puede sobrevivir a las condiciones adversas del invierno.

No es de extrañar entonces que, en Japón, sean constantes los objetos fabricados con bambú: objetos artesanales, instrumentos musicales, recipientes para la comida, palillos, shamoji o cucharas para el arroz hervido, chasen o batidores que se emplean para hacer el té matcha en las ceremonias del té… que se haya utilizado incluso en la construcción o también en la cocina, los brotes de bambú (takenoko) son parte de muchas recetas de la cocina tradicional japonesa.

 

El bambú es omnipresente.

 

Aparece también muchas veces en los numerosos festivales que se celebran por todo el país.

En el de Tanabata, el festival de la estrella, que se celebra cada 7 de julio por todo el país, la gente escribe poemas y deseos en tiras de papel que luego cuelgan en arbustos de bambú porque se cree que así se aleja a los malos espíritus.

La ciudad de Taketa, en el centro de la isla de Kyushu, cada noviembre se ilumina durante tres días con la luz de cientos de linternas de bambú, es una manera de reivindicar la conexión del lugar con la naturaleza que le rodea y, sobre todo, de atraer el turismo. Se lleva celebrando desde el año 2000.

 

También, como no, aparece de forma recurrente en la literatura y en los cuentos que se han ido transmitiendo de generación en generación.

 

 

Pero, para apreciar la belleza del bambú, no hay nada  como acercarse hasta el bosque de Sagano en Arashiyama, en el oeste de la ciudad de Kioto, a apenas treinta minutos del centro de la ciudad. Un lugar rodeado de montañas y de templos, sintoístas, zen… algunos de ellos incluidos en el las listas de la UNESCO.

En Arashiyama se encuentra uno de los bosques de bambú más extensos del mundo, mide unos dieciséis kilómetros cuadrados y contiene unas veinte especies diferentes.

 

Pero es, sobre todo, un espectáculo para los sentidos.



 

Bajo esos troncos finos y flexibles que se levantan hasta el cielo y que forman una bóveda sobre nuestras cabezas, pareces estar en otro mundo.

Solo hay que esperar un momento a que la senda que corta el bosque por la mitad se vacíe un poco de gente, para que esa sensación aumente al levantar la cabeza y sentir la brisa que se filtra entre los árboles, mientras se nos seca un poco el sudor y nos deja con algún que otro escalofrío entre nuestras camisetas mojadas, mientras se mueven las hojas y se mecen sus copas entre las que se filtra algo de la luz del mundo exterior.

 


Bosque de bambú de Arashiyama


 

Ninguna fotografía, ni aquellas en las que consigues hacer desaparecer cualquier rastro de figuras humanas, de sombreros, sombrillas o cámaras apuntadas hacia la misma dirección que la tuya, puede capturar la belleza de ese momento.

 

La belleza del bambú es la de las cosas que parecen frágiles sin serlo, la de los troncos que se agachan bajo el sol pero que no se rompen nunca porque al final se trata de una de las plantas más resistentes que existen, una de las que más poco tardan en reproducirse. Sus raíces son siempre firmes y eso quizás es lo que podemos aprender de ella. Su belleza es también la de la sencillez, la que viene de no necesitar ningún adorno, y también eso es una lección.

 

Por eso en la mentalidad japonesa el bambú está siempre relacionado con la fuerza y la resistencia, y también con la pureza y la inocencia.

Por eso se ha creído siempre que los bosques de bambús son buenos refugios ante los terremotos, por la firmeza de sus raíces y la flexibilidad de los tallos. Porque también se le da al bambú el poder protector contra el mal, como en los festivales.

 

Bajo troncos que a veces miden más de veinte metros, rodeados por el olor de la tierra húmeda, nos sentimos pequeños y en un lugar muy alejado de la realidad.

 


Bosque de bambú de ArashiyamaBosque de bambú de Arashiyama


 

Es verdad que la cantidad de visitantes hace cada vez más difícil esa sensación pero, como siempre, no podemos pretender que el mundo esté solo disponible para unos pocos, que nosotros nos encontremos entre los pocos privilegiados.

 

Por eso, y porque dice mucho sobre la importancia que los japoneses conceden a la naturaleza y a los pequeños detalles de la vida cotidiana, y también a la necesidad de apreciar los pequeños momentos, me encanta la iniciativa que el Ministerio de Medio Ambiente japonés tuvo en 1996.

 

Con la intención de combatir la contaminación acústica por todo el país, se estableció un listado que contiene los 100 sonidos más representativos del paisaje de Japón. Proteger un sonido determinado es también proteger el ecosistema y la tradición cultural que lo produce.

 

Entre esos sonidos se encuentra el graznido de las grullas, el repicar de campanas, el producido por las locomotoras de vapor o los barcos de la bahía de Yokohama en el año nuevo.

 

También está el del rumor del aire que se filtra entre los troncos de bambú del bosque de Arashiyama.

 


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2 Discussions on
“Notas desde el bosque de bambú de Arashiyama”
    • A mí me encanta la idea, dice mucho sobre el carácter japonés, y da que pensar en los sonidos que podríamos proteger en otros lugares. Muchas gracias por pasar por aquí, Maite.

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