Hubo un tiempo en el que Londres, o lo que es la ciudad en estos momentos, estuvo cubierta de humedales, de tierras húmedas o como se quiera llamarlos. El límite de la ciudad estaría en lo que ahora es la City, delimitada en el sur por el rio Támesis que le había dado su razón de ser desde que se asentaron allí sus primeros habitantes y, en el los demás lados, por las murallas construidas por los romanos o los bosques que protegían la ciudad por el norte.
Hace mucho tiempo que no incluyo reseñas en este blog pero últimamente me apetece más leer que escribir, que me cuenten historias antes que contarlas, tengo una de esas rachas en las que voy enganchando un libro después de otro, algunos de ellos relacionados con los viajes y con el mundo en general, otros no.
Entre todos los que han pasado por mis manos, no puedo dejar de incluir aquí Hijos del monzón.
Caerphilly, Gales
Hablar del País de Gales es hablar de castillos, es la herencia dejada por las luchas constantes para controlar la tierra. Así que hablar del castillo de Caerphilli o Caerffili en galés, el mayor de todos los que se pueden encontrar por esas tierras, son palabras mayores.
Pero al llegar el pueblo parece en realidad un lugar muerto.
Los narcisos, esas flores amarillas que aquí se llaman daffodils, aparecen en Londres y en general en muchos otros lugares del Reino Unido casi como un suspiro de alivio.
Si el invierno no se alarga demasiado aparecen de golpe en grupos de decenas de ellos que van manchando de amarillo los parques o cualquier trozo verde que haya disponible. Si los coleteos del invierno parecen no querer desaparecer, entonces surgen más desperdigados y en menor cantidad como si se resistiesen todo lo posible a no hacer acto de presencia.
Estambul, Turquía
Sin aviso, él deja caer su mano y parte de su brazo sobre la parte superior de mi espalda, justo en ese lado en el que los músculos no me dejan concentrarme por el dolor desde hace ya muchas semanas. Son los libros, el ordenador, las fotocopias y los cuadernos, las carpetas que llevo siempre en el bolso pero que ahora parecen estar muy lejos, en un apartamento frio y vacío en Londres.
Soy una organizadora compulsiva. Cuando tengo un viaje a la vista, no importa el tiempo que dure ni cuánto va a durar, no puedo evitar tenerlo todo atado de cabo a rabo. A veces eso puede ser contraproducente, ya lo sé, porque es más difícil que la improvisación se cuele y, aunque no lo parezca, me gusta la improvisación pero quizás, y sin querer reconocerlo, sea sólo si es una improvisación controlada.
Viajar con libros
Siempre viajo con libros, es casi como una condición indispensable antes de salir de casa. En el ritual que comporta hacer la maleta, el meter un libro escasi uno de los primeros pasos y, en verdad, no importa el trayecto, da igual que sean once horas de vuelo, dos y media o un viaje diario en el metro, en mi viaje siempre me tiene que acompañar alguno.
No sé cuál es la excusa: si la de sentarnos por fin en uno de los cafés de la ciudad o la de probar una tarta Sacher, ambos presentes en todas las calles de Viena y una institución en la capital austriaca.
O las dos cosas.











